AS SEGAS
Antes del solpor de la mañana, Roque escuchaba el murmullo de las actividades que se realizaban en el quinteiro. A pesar de tener un sueño profundo, el ruido que se generaba en la corte, hacían que, al habitar por encima del habitat de la vaca marela, le fuera imposible no despertarse.
-Atrás ruliña, atrás. Escuchaba a su abuela hablar alto con la vaca. Esta había parido no hacía mucho y tenía un joven ternero que no paraba de querer mamar. Lo apartaba hacia otra parte de la cuadra para poder ordeñar a la marela.
La madre de Roque subió con la leche recién ordeñada y se propuso a hervirla para que pudieran desayunar todos. Un cuenco de leche y un trozo de pan de la casa (mezcla de trigo, centeno, maíz y la masa madre, que se iban pasando de horneado en horneado, los vecinos entre sí).
Roque abrió los ojos al escuchar el golpe de abrir la ventana de madera que cubría la cristalera, ésta daba a la calle, de la ventana de su habitación. Era noche. Muy temprano.
- Nosotros vamos llevando la jugada de vacas. Levántate. Tienes la leche en la olla ya hervida. Abre a las gallinas y les pones maíz y unas berzas. Que no tenga que venir por tí. Nos vamos a la Cupela. Tienes que cuidar las vacas en la Cima de la Cupela, mientras nosotros y los que vienen a jornal nos cortan la hierba.
Roque se levantó, una vez que escuchó, el ruido que las ruedas hacían al rodar en medio de los coios. Los clavos al rozar con ellos hacían chispas y, a esa hora, era un espectáculo casi pirotécnico.
Apenas podía divisar al mirar por su ventana. Era muy temprano. Había un fuscallo mañaneiro. Tomó la palangana y lavó la cara y las manos. Desayunó y se fue al gallinero. Finalizado, tomó el sombrero y se puso de camino. A pesar de la barrufada que se veía al mirar al cielo, Roque sabía que el sol, en unas horas, iba a calentar mucho.
Por el camino, al adentrarse por medio de los pinares que iban por las Brañas, iba recordando las labores de la tarde anterior en la casa. Recuerda a su abuelo con un martillo y una zafra. Este era un artilugio en forma de cruz que se clavaba en un rolo de madera. Era para inhibirse del camino. Roque tenía miedo a un tumulto que había cerca de las Brañas. Había escuchado que era un cementerio moro y que los espíritus salían a los caminantes. Él no sabía si era un dicho o si era verdad: el miedo es libre.
Las Brañas, según había explicado el maestro en alguna ocasión, se aplica a los lugares que tienen la tierra muy húmeda. Eso propicia la existencia de los prados y pequeños tumultos con monte bajo.
El montículo sobresalía sobre el pinar. Desde el camino se apreciaba bien. El cantar de una rula terminaba de ponerle tensión al momento. A lo lejos escuchaba voces. Desde la Lagoa, As Nugalleiras, Campo do Cabo, As Brañas, A Cupela, o Alto da Cupela, O Turco, Murgueiro, Tilleira … había gente a esas horas preparando los “cumareiros” para empezar la siega de la hierba.
La luzada se apersonaba. Esas primeros rayos de sol daban más confianza a Roque en su caminar. A pesar del verano, la pequeña brisa hacia un ruido parecido al canto triste de un animal. En una arroutada, fruto de su inocencia, pegó un grito para saber quién se estaba acercando.
-hey, quiénes están por ahí?
-Venga burricán, deja el miedo y vente que tienes que llevar la xugada a pacer a la cima de la Cupela.
Era su abuela. Que estaba poniendo el vino que llevara en una “banana negra” en el regato por el cual corría una pequeña vaguada. Detrás de unos arbustos, para protegerlos del sol vertical de esta época, colocaba un saco de esparto con pan, queso, una tortilla, chorizos y otras viandas de la matanza. Esto era para la comida del mediodía. Al finalizar las labores, se invitaba a los jornaleros y los que colaboraban a una cena.
Roque observó hacia el prado, estaba su abuelo, dos señores que iban a jornal, su madre, su abuela y estaban a la espera de un par de familiares que venían ayudar a extender la hierba. Uno de los señores, que no vivía en el pueblo, era muy hablador y fantasioso. La abuela de Roque le dijo: -lleva las vacas al prado, las cierras y regresas para ayudar a esparcir la hierba que se va segar. Y no le des cuento al barallocas éste que no calle y, si lo entretienes, no va trabajar y el sueldo lo tenemos que pagar igual. Te queda claro?
En la medida que se adentraba en el alto, tanto los pinares, como los carballos, xestas, sobreiras, alcornoques, castaños, nogales, entre outros, hacían que las nubes y las nieblas fuera una borraxeira que, al pasar por zonas de vegetación, mojaban la ropa y el calzado gorila que llevaba.
Roque miraba al suelo y echaba de menos las póutigas. Unas plantas silvestres comestibles. Tiene en su interior un líquido gelatinoso e incoloro. Tenía que apretarlas entre los dedos y, el néctar que expulsaban, era muy dulce. Alguna vez había escuchado a la Fulipa, una señora con muchos conocimientos de la flora y sus propiedades medicinales, que combatía el raquitismo de los niños. Cuando se lo comentó a su abuelo, este le dijo que “rapaciño, eso es miel de raposo; y, como ella hay muchos, es una planta parásita porque no emerge del suelo sino que, como hacen muchos, usa otras plantas para criarse”. A nuestro niño recordaba que sólo florecían entre abril y junio.
Dentro de su estado ensimismado, nuestro protagonista, al recordar a un vecino de Antasportas que se había caído y fracturado un brazo. En el pueblo había una señora ponedora. Era la señora Salomé y vivía arriba del iglesario camino de la Cruz. Le colocó el hueso dislocado y, para que sellara, le mandó buscar unas plantas que crecían, regularmente, debajo de los hórreos y que ella le llamaba Soldaconsola. Y recordó que un señor, familia de los Sieiro, que vivía en Vigo que se llamaba “El Sello de Salomón”. La señora Salomé era una atadora de reconocido prestigio. A ella acudían gente desde lugares lejanos. Siempre con una sonrisa y un trato exquisito para con los dislocados. Era especialista en hombros, piernas, dedos, entre otros.
Llegado al prado, las vacas cruzaban un regato donde bebían, y se ponían a pastar. En un árbol, que tenía un hueco, pudo ver entrar un pájaro y le esperaba otro. Eso era un nido. Recordaba que, por el color oscuro, seguramente era un ferreiriño. Estaba avisado. No andar a los nidos porque, como ejemplo, tenía a su abuelo calvo porque había padecido la tiña por andar en esos quehaceres.
Le puso la puerta a la entrada de la finca y, como se lo habían indicado, regresaba a la Cupela a ver y participar en las labores relacionadas con la siega de hierba para disponer de alimento para las vacas en el período invernal o cuando la chaparrada o una cifra no permitían salir de casa y, mucho menos, disponer de hierba fresca para el ganado.
A lo lejos escuchaba voces. No sabía si procedían de la zona del Murgueiro o, por el efecto del eco, provenían de La Telleira o de la Chousa de Narón. Había un regato, que cruzaba desde la Cupela, el Murgueiro y el Turco y se adentraba por el Cobo para llevar el agua hasta el Porto de Borraxas. Cuando se disponía a saltar el pequeño charco, escuchó cloar un sapo y, de repente, vio una liscanzo. Roque le tenía pavor a los reptiles. De color negro y de unos treinta centímetros. Saltó hacia atrás del susto. Cruzó el regato por otro lado y corría que “anque lle botes os cans ó rabo, léveme o demo se deixa o nabo”.
Roque llegó sin aire, pálido, totalmente angustiado e hiperventilando. El primero que se percató de su llegada fue café, el perro de palleiro de la casa. Al ladrar con intensidad, la gente se dio la vuelta y, de aquella guisa, estaba el chiquillo como un espantapájaros.
Su madre se interesó, de forma inmediata, por el chiquillo. El pobre como pudo le explicó. Ella ya conocía su zoofobia. Y, para no preocupar al resto, les dijo lo del liscante o liscanzo. Es ahí cuando interviene el señor Juan, el único forastero del grupo, que era de la parroquia de Albarellos. Y le dijo a Roque: -No tengas miedo a esas culebrillas. En realidad no lo es. Es un lagarto o reptil que no tiene patas. Cuando más negra significa que es una hembra. Y, aunque te parezca raro, muda la piel varias veces al año. La acabas de ver porque el solpor de la mañana no ha llegado con intensidad. Ellas suelen salir de noche. Viven siempre en este tipo de regatos porque disponen de vegetación para esconderse y humedad para sobrevivir. Son necesarias porque comen las larvas de los insectos.
Roque se calmó y se dio cuenta que eran unos seres vivos y que no eran un peligro. El chascarrillo por lo sucedido pasó de leira en leira. En esa zona había muchos vecinos, en grupos, realizando la misma labor.
Era embriagador escuchar el sonido de la piedra de afilar. Entrando y saliendo del cuerno con un poco de agua. Ese “zas zas zas” al recorrer la guadaña o la hoz. De izquierda a derecha. Primero por la zona posterior y, luego, por la frontal. Una vez repasado, Alberto, el abuelo y Juan comenzaron a mover la guadaña al compás: izquierda-derecha, izquierda-derecha. En cada movimiento la hierba se iba cortando y, con la experiencia de los años, queda agrupada en pequeños montones de la misma.
La madre de Roque y su abuela, con la hoz, segaban los cumareiros y las zonas colindantes a otras propiedades. Solían haber marcos elevados de piedras o plantas de bimbios. Ello facilitaba la labor a los segadores de guadaña. Avanzaban unos metros más que ellos y, junto con el resto de los asistentes, se ponían a extender la hierba segada. Esto permitía, al no estar agrupada, que se secara más rápido.
-”Dios os ayude”. Era el grito de cada nuevo grupo que se ubicaba en la zona. A lo lejos se escuchaban voces indicando diversas acciones. “Dale para atrás”, cuidado con el regato, rapaz ve a buscar más agua, Qué hora tenéis, Va calentar de carallo, ...
Ya el sol hacía su aparición a las primeras horas de la mañana. La vegetación, pinos y sobreiras, al igual que el resto de arbustos, hacían que la calor solar no fuera intensa. Debido al trabajo duro: tiraba la guadaña del pecho. O eso se decía. Todo ello, además de la consiguiente fatiga, generaba sed por el sudor corporal que se desprende en estas labores. Cada cierto tiempo, bien la abuela, bien Roque, iban al regato y había un saco de esparto colgado de un matorral y que hundía el contenido de la bebida en el agua fresca que por allí bajaba. Los segadores, obviamente, mientras durasen las cervezas León no tomarían agua. El resto la tomaba. Roque pensaba que algún vecino, con más medios, estaría disfrutando de una Mirinda. ¡Quién la pillara!
En esos descansos eran propicios para los resúmenes de la actualidad. En otras palabras, el telediario de la comarca que se transmitía de boca en boca. Era común hacer un repaso a las familias de los no presentes. Como dí o refrán: Tú habla de otros que de tí otros lo harán.
Eran muy entretenidos e interesantes los descansos. Solían juntarse varios grupos en la misma sombra. Cuento va, cuento viene. Desde cosas sin transcendencia hasta cosas serias. A señora Rufina que se acercó a buscar el agua al regato, de estas picapleitos, le dice a Juan: hombre, ya tienes una edad, debería pensar en casarte que el tiempo pasa. No tendría más de 20 y pocos años. El hombre siempre tenía una frase adecuada o un refrán. Roque le encantaba escucharlo. Y, con la retranca propia, le contestó: señora mía, cando o demo non ten que facer co rabo espanta as moscas. E, o abuelo para echarle un capote, agregó: -Como dicen en Chantada, según cuenta O Ganvela, Rei-rei para que lado me casarei. Non lle fagas caso. Por ahora no le estorbas en tu casa. Tus padres necesitan de tu ayuda para criar al resto de tus hermanos.
Rufina, no dando su brazo a torcer, rumoreando le dice que “caldeiro vello da para un novo”. Una vez se alejó, el abuelo le dice a Juan: -no le hagas caso. Vino a decirte que si te casas mayor va tener suerte tu viuda para casarse con otro joven. Ella es así. No da arreglado su casa pero sabe como deben hacerlo los otros.
-Señor meu -responde Juan- Rufina desde que el hombre “estar guardando los pitos al crego” con algo se tiene que entretener. La pobre bastante desgracia le tocó.
Era cierto, a la señora le había muerto su marido muy joven. Era un gran trabajador. Apareció muerto en una veiga. Ella vestía de riguroso negro a pesar de haber más de cinco años de la muerte de su esposo: pañueleta negra, vestido negro, chaqueta negra y medias negras.
Vuelta a la rutina, después del intento de casar a Juan, con los sonidos de “zas-zas-zas”. El prado de la Cupela ya iba por la mitad. Era una hierba blanda y muy recta. Ello permitía, con la guadaña, avanzar con rapidez. Ya serían las nueve o más de la mañana. El abuelo miró el reloj que tenía en su bolsillo, de esos que colgaban con una cadena, abrió la tapa de metal y, efectivamente, eran casi las diez. Le dio cuerda y lo volvió a guardar en el bolsillo de su chaleco.
-Roque, le dice su abuela, ve a buscar agua fresca y mete mas cervezas en el regato. Tranquilo que, como el sol ya brilla y calienta, el liscante ya no sale.
La tranquilidad del momento se altera por los gritos que se escuchan de lejos. No se podía precisar por el eco que produce esa zona. Podría proceder de O Turko o de O Murgueiro. El señor Alberto precisó: eso viene de más lejos. Es en dirección de la Telleira o de Voldacabra.
Al rato la noticia se fue pasando de vagoada en vagoada. Era un niño que se había subido a una sobreira y se había caído. De pronto, arriba de la Chousa Narón, donde estaban los de Claudio de Borraxas, se veía por el camino unas personas con un niño a la espalda.
-Vayan rápido donde la tía Salomé. Está en la casa.
- Tenemos ayudar. Quién fue? Cómo fue? Que San Antonio lo cuide, póngale una vela a Sanamaro, .. (y así se escuchaban voces en alto por todo el valle).
Este era el comentario más generalizado. Todo parece ser, según las informaciones que llegaban, que se había roto un brazo o dislocado. El silencio del momento se podría cortar con el aire. No fue sino el canto de los estorniños lo que rompió el mismo. Andaban una manada revoloteando la vaguada. Es que al segar se destapaba el escondite de insectos como los saltamontes. Non todos era estorniños, había unos con el paporojo y preguntó Roque que era y, le contestaron, eso unos le llaman mirlo y, en otros lugares, Pisco.
La señora María, que era del Curro y se encontraba en la finca de O Turko, vino a decir: hay niños que parece que tienen un hormiguero dentro y que no paran; andan siempre con el mayo a la espalda.
- O que dunha se escapa, cen anos vive – le contestó el señor Juan.
A ella no le agradó el comentario. Hizo una mueca y un ademán de desaprobación.
-Non queiras co terco porfías que non lle quitas as súas manías - comentó el Alberto una vez se alejó.
Y el sonido de guadañas, fouces y rastrillos tomaba la finca. Ya tenían más de medio Murgueiro segado. Las mujeres estaban, junto con Roque y un par de familiares mayores, extendiendo y enmarañando la hierba para que el sol la secase y curase. En un par de días, dependiendo de la intensidad del sol, se regresaba al lugar, bien con una hoz, bien con una galleta, bien con un rastrillo (e incluso a mano) se le daba la vuelta para que se secara bien.
Como se aproximaba el medio día, Roque tendría que ir a la casa a atender parte de la hacienda.
-Marcha a la casa. Atiende toda la hacienda. Trae en el carretillo la tina con la comida que habrá preparado la tía. Y no te duermas por el camino. -Le dijo su abuela
Eran la labores, un día como este, que Roque tenía que darle de comer a los cerdos. Habían dejado un cubo con berzas, patatas salidas, un poco de salvado de harina y grasa de limpiar la pota del caldo. Todo ello se dejaba al sol en el quinteiro para, al llegar, volcarlo en la pía para los gorrinos. Y otras labores que él ya se tenía asimiladas.
La curiosidad mataba a Roque. En lugar de parar en su casa, quería saber quién era el que se había caído y que le estaban haciendo. Puso rumbo O Cruceiro. Y, al pasar la iglesia, ya escuchaba los gritos del herido. Contiguo a la casa de los Maceda, las Xustas y de Laterillas, allí estaba, en el fondo, la señora Salomé colocando el hombro que se había salido y un brazo sangrando y oscuro. Observó como, ayudado por un familiar, de una tirada hacia arriba y hacia abajo, el hombro parecía encajarse. El dolor debió ser intenso que se encontraba pálido. Ya parecía otro.
Ahora procedía a tratar el corte que tenía, fruto de la caída y su roce con las ramas del árbol. Al ver a Roque por allí, la atadora, le dijo:
-Ve a La Sugueira y tráeme agua fresca. Tú eres rápido y necesito limpiarle bien la herida a Miriño.
Roque, sin parar un momento, atravesó por el quinteiro de los Montero, camino de los Tombelos, pasó por la zona de los hórreos y fue cruzando y saltando muros para llegar rápido. Llenó una especie de balde pequeño de agua y con una tapa. El regreso lo hizo por el Cruceiro. Había dos en el pueblo. El de abajo. A un lado estaba la casa de Ganvela, de Peregrina, del Señor…. Enfrente estaban las casas del Señor Amador, a Toca, José O Testeiro, entre otras. Bajando estaba la casa de Keipiras y alguna más.
-Gracias rapaciño, que Dios te lo pague! -expresó nuestra curandera.
Roque observó que, en una especie de mesa, tenía unas flores. Le eran muy familiares. Parecían margaritas pero un poco más grandes. Tomó el agua y le limpió bien la herida. Algún quejido se dejó oír. Un frasco, que por olor parecía aguardiente, lo vertió en un paño limpio y se lo restregó por el corte. Una vez terminado, tomó aquellas hojas verduscas y las rompió por el tallo y soltaban unas gotas que fue, con tino, disponiendo en la dirección del corte. Esas hojas las había visto muchas veces cercana a los hórreos y en algunas zonas próximos a humedales.
-Y eso qué le hace?-pregunta Roque. Es lo que tiene la inocencia de los niños.
-Esto? Para algunos algo oculto. Pero no es más ni menos para cerrar la herida y evitar que se infecte. -Respondió la señora Salomé.
-Calla chiquillo. No molestes a la señora -replicó el padre del niño.
-Es bueno que los niños se interesen por esto. -la señora Salomé miró a nuestro Roque- Es bueno que pregunten. Ahora ya hay médicos pero, la mayoría, no podemos pagar el cupo anual. Alguno tendrá que saber algo de esto. Por lo menos desinfectar un corte. Ahí está la señora Felisa, conocida por la Fulipa, que sabe mucho de plantas y creen que es una bruja. Si los niños ven esto, todo les parecerá natural y normal.
-Roque. Así te llamas?
-Si -contestó un poco asustado por lo acontecido-
-Ves esta zona oscura. -continuó ella- Esto es un hematoma. Una mazadura como decimos. Hay que le pone vinagre con sal para que “chupe” la sangre mala. Tengo aquí un ungüento preparado con raíz de malvavisco, miel y la arnica que usé antes.
Procedió a frotar un poco. Dirigiéndose al padre de Miriño le dijo que se la pusiera todos los días hasta que desapareciera el moratón. Que el niño estuviera unos días en reposo y que no cogiera cosas pesadas para evitar que se le saliera el hombro.
-Cuánto le debo?- preguntó el señor Miro.
-Non es nada. -contestó ella.
-Eso no puede ser. Usted ha llevado trabajo para preparar todo eso. Bueno, ya enviaré a mi mujer para que le pague de alguna manera.
El herido parece que ya estaba más tranquilo y bajaba con lentitud la cuesta hacia la iglesia. Roque, en ese momento, se despidió y se fue corriendo por Calderón para realizar las tareas que tenía encomendadas. Si tardaba un poco más, la abuela o su madre ya enviarían razón para que no se despistara. Lo de “enviar” él sabía que tenía consecuencias.
Saludó al señor Antonio “O Gaiteiro” que estaba en la solaina mirando. Éste le devolvió el saludo y le recordó que fuese con cuidado que cualquier día se mataba. El pobre hombre siempre esperando noticias de sus hijos. En especial de su hija que estaba en Brasil.
Saludó a su tía. Tomó el caldeiro grande que estaba en el Quinteiro y le puso un poco de harina. Con un palo removió su contenido. Metió un dedo y estaba a una buena temperatura. Se fue a la corte. Sacó el tarabelo. La puerta cedió y los marranos venían hacia él. Los apartó con una vara y les dejó el contenido del recipiente. Tomó un puñado de berzas que había fuera y se las agregó en la pía.
Ahora tocaban las gallinas. Para ello, en la casa contigua que a la vez era un palleiro, tenía un saco con maíz y, adentrándose, en el gallinero se lo esparció junto con unas berzas y hierbas. Igualmente, tomó unos recipientes de bombos de sardinas para ponerle más agua: ya casi estaban secos.
Su tía estaba en la cocina elaborando la comida. Era un guiso de carne con patatas y guisantes. Había que atender bien a la familia que ayudaba y a los jornaleros. Le puso platos, menaje, una pota con la comida, botellas de vino y pan. Todo eso en una tina de aluminio grande. Entre los dos la bajaron y la colocaron en un carretillo.
-Una vez que comas, ve buscar las vacas y las traes con todo lo que no sea imprescindible. Que a estas horas, aunque allí están resguardadas del sol, las moscas y los tabán las pueden asustar. -le recordó su tía.
Roque, haciendo como que su carretillo fuera un camión, tomó los atajos para llegar a la Cupela. De camino daba gusto ver cuanta gente estaba realizando las mismas labores. Entre regato y regato, aparecía una vimbieira. Para alguno que Roque recordaba no iba a ser de muy buen agrado. Recordaba que, con los vimbios, alguna vez el maestro a alguno le dejó la mano lista para asar un pimiento. Obviamente, de lo roja que le quedó.
El sol estaba en su apogeo vertical. El calor era asfixiante. Era el momento de parar. Acercarse al regato, bajo los arbustos, sucumbir al guiso que portaba Roque en el carretillo. El vino y la poca cerveza que quedaba estaban frescas. Lo bueno de esa zona era que el regato tenía el agua siempre fresca.
Era común tener un prado grande de hierba y, en su cabecera, disponer de un monte con árboles, carqueixas, toxos, xestas y otros arbustos. Con parte de su materia, en estado joven, se usaba para hacer la cama a vacas, bueyes, cerdos y gallinas. Por su parte, la buena sombra la facilitaba un castaño y un nogal; no sin olvidar alguna sobreira, un par de alcornoques (se obtenía el corcho para taponar los bocois de vino) y otros árboles autóctonos de la tierra.
El momento de la comida y descanso era propio para realizar el repaso a la vida social y del deporte (fútbol, mejor dicho). De política y religión no era adecuado: los cotos replican el eco y, algunos pájaros sin plumaje, pueden tener fácil escucha.
-Dios os ayude y os cuide -gritó alguien que iba a desplazarse a comer a las Brañas. No siempre se comía en la misma finca. Dependía si, la misma familia o grupo de trabajo, estaban en varios frentes.
-Gracias. Igualmente -contestaron al unísono varios del grupo.
Como hacen los curas, mientras no están llenos casi no hablan. Una vez deleitado el guiso de carne; el pan, fruto de la hornada de la familia, mezcla de trigo, centeno y maíz; y el vino de o Foxo. Los primeros comentarios, protocolarios, eran de lo bien que cocinaba la tía de Roque.
Roque, a pesar del toque de atención, seguía comiendo como una lima.
-Rapaz -dixo o Alberto- si comes así mañana no mueres hoy. Pero da gusto verlo comer. Eso sí, flaco como está, o tiene la solitaria o aún tiene el enganido. O Cardieiro, que es un hombre viajado, comentó que por Chantada hablan que “xente crecente ten o demo no dente”.
Y se echó a reir. Provocando una algarabía en todos los asistentes.
En eso pasaba cerca Miros y le preguntaron por el hijo. Ya Roque había informado de algo pero, de esta manera, lo conocían de primera mano.
-Quedó acostado. Está la madre con él. Todavía está un poco adolorido pero en un par de días ya estará bien.
Y Alberto comenta: -Tenemos mucha suerte en tener una levantadora de paletilla, buena curandera y mejor persona.
-Y que lo digas. -replicó Miros-. Buen provecho y que Dios os ayude.
Al finalizar el suculento almuerzo, la gente se tiró en la hierba para recuperarse un poco. Esta es el momento de los mejores dimes y diretes.
-Miraste los de al lado. La nuera mucho cuento pero, las pocas veces que la vi, estaba mirando si veía alguna pega porque o moucho sale de noche. -Dijo la abuela.
Era una mujer tranquila pero muy observadora para aquellas cosas que le gustaban.
-Un día escuché un refrán que decía: “son tres Manuel, son tres, que unha está no rego e ti non a ves” -contestó Juan que había permanecido en silencio hasta ahora-. Así que ella cuenta como trabajadora pero la nugalla es más que lo que trabaja.
Después de un buen rato, Roque fue buscar las vacas a la finca ferrada del alto y el resto continuaron con la siega del siguiente prado. Estaba contiguo. Había que pasar un muro y el regato que los dividía.
El “zas-zas-zas” de las guadañas cada vez era menos intenso. Las fuerzas van menguando. El calor también es más intenso que en las mañanas. Al regreso de Roque, le enviaron por agua que había en una fuente cerca de O Cobo. A un costado de la Telleira.
En la medida que iba bajando el sol, la gente se iba retirando. En cada grupo quedaban los jornaleros y un par para extender la hierba. Para ello ya habían segado los cumareiros y las zonas contiguas a los marcos de las divisiones de las parcelas.
Finalizada la jornada. Cada quien iba a su casa. Hacer las labores domésticas básicas: atender el ganado, las gallinas, buscar agua, … entre otras. Pero todos estaban citados a la cena que se servía después de terminar la labor de las siegas. Regularmente, si eran varios días, se hacía una cena de agasajo a los participantes por parte de la casa para la cual se había laborado.
Esta noche estaba anunciado el famoso bacalao con patatas y un flan de leche de postre.
Como era costumbre la cena se servía en el comedor. Zona que sólo se usaba en fiestas, cuando había gente a jornal y muy pocas veces más. Regularmente había un chinero en la que se guardaba la vajilla y alguna que otra bebida espiritosa.
Esta noche se había comprado pan de trigo, acompañado de vino do Foxo (mezclado con el Borraxas) y agua da Laxa para los pequeños de la casa.
Se sirvió el bacalao con patatas. Primero se servían los jornaleros, luego los mayores y, por último, los más pequeños. Aunque, los más pequeños, se quedaban en la cocina con la tía que había preparado la cena.
Como toda celebración, pues es lo que era al finalizar la siega, era todo un buen ambiente. Contando las peripecias del día y hablando de los trabajos futuros. El siguiente era la recolección de las patatas. Aunque se esperaba al menguante para hacerlo. Decían que sino se salían muy pronto y era una patata casi perdida en la morea.
El señor Alberto era un señor con mucha retranca y se hacía el que no sabía para provocar unas risas y unos comentarios jocosos en la cena. Nunca le apreciabas un mal gesto o una mala palabra. Esa noche, todos los comensales, se rieron mucho con una ocurrencia del señor “Laterillas”.
Al momento del postre, en la casa sirvieron un enorme flan de huevo rodeado de caramelo como era perceptivo. Al ver aquello, el señor pregunta: - Y eso que es?
-Bacalao desalado.-contestó la madre de Roque.
El hombre le echan un pedazo y lo degusta y comenta: -Que bacalao desalado, suave y bueno para los que no tenemos muchos dientes. Dónde lo has comprado, que mi Dolores cuando lo compra no es así.
La gente se rió. Todos creían que no se había enterado y que había sido pasto de una broma. Roque, que era un pillín, se dio cuenta que el señor lo dijo y así le sirvieron otro trozo con la excusa de que le había gustado el bacalao dulce.
Y, entre risas y cuentos, la cena fue pasando y el día terminó. Había sido largo e intenso. Se despidieron todos. Los abuelos a sus casas. Los jornaleros, también. Y, el resto, atendida toda la hacienda, a la cama. Esta noche sería más larga que la anterior. No habría que madrugar tanto, aunque había que, en las primeras horas del día, llevar las vacas a pastar a los prados del Alto de la Cupela nuevamente. Antes del mediodía, por el problema de las moscas, volverían a la cuadra.
En un par de días habría que regresar a los prados a darle la vuelta a la hierba para que se secara por el lado opuesto. Mientras, la gente de la casa, segaría las fincas de tamaño pequeño que tenían entre la Riza y la Lagoa. Alguno por la zona inferior de las Nugalleiras.
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